martes 10 de noviembre de 2009

MARCAS

Una decepción tras otra inyectadas en el centro de los ojos. Inyectadas en el centro y en la garganta y en los oídos, que zumban descontrolados de la tristeza y de la rabia. Una decepción inyectada en sangre, grabada a fuego en la epidermis, marcada en negro chamuscado en la frente. Frente fuente de burlas, de miradas, y de más decepciones que se inyectan en otros ojos y en otros oídos ajenos. La marca no se va fácilmente, pero es un mito que lo que se marca a fuego dura para siempre. Al menos, la marca se puede volver a confundir con la piel. La cicatriz queda, sí, pero solo con el objetivo de recordar cuánto dolió la salvaje yerra. Queda un poco de negro, pero se borra la aureola roja a su alrededor, que es lo que arde. La sangre se va de los ojos; la decepción, que parecía haberse clavado como un aguijón eterno en el centro, se va sin que nos demos cuenta. La garganta se afloja, los oídos vuelven a escuchar el silencio, o silbidos o cánticos, o tal vez otros zumbidos molestos.
Una decepción inyectada en la mente: un nuevo reto. ¿Vas a seguir mirándote al espejo, compadeciéndote de la sangre de tus ojos y del nudo en tu garganta y del aguijón en el centro? El reto no es aliviar el dolor, es seguir viviendo con la frente y la marca en alto. Las cicatrices no son vergonzosas: muestran qué tan intensamente vivimos la vida. Y la cantidad y la profundidad de las cicatrices son directamente proporcionales a la intensidad. ¿Aprovechamos las cicatrices? Quizá no lo suficiente. Son trofeos: la sangre en los ojos es solo pasajera. El dolor de la herida abierta a carne viva no dura para siempre. Nada es, todo cambia, y las heridas sí se cierran. Incluso las cicatrices cambian: lento, de a poco, se desvanecen, y sólo dejan el recuerdo del reto. ¿Lo aceptaste? ¿Te arriesgaste? Si lo hiciste, la cicatriz está ahí para subirte un poco la autoestima todos los días. Si no, bueno, es para recordarte que eres humano, y todos los humanos tienen cicatrices que muestran su cobardía. Pero esas sirven para recordarte, cuando te encuentres con otra sangre y otro nudo y otro zumbido, y con otro fierro caliente en la frente, que debes correr riesgos a veces, o te quedará una cicatriz que muestra que no te animaste a seguir con la frente arriba.

ALGUIEN DIJO ALGUNA VEZ....

"Pero qué amarga, qué desesperada la tarea de ser un músico de hombres"

Julio Cortázar, "Reunión"

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